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Polarización política en España: qué se puede medir

La distancia ideológica y el rechazo al adversario no son lo mismo. Una lectura prudente de la evidencia sobre polarización en España.

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Álvaro · Política & Economía

6 de junio de 2026

«España está más dividida que nunca» es una frase frecuente, pero difícil de demostrar tal como está formulada. ¿Dividida en posiciones políticas, en identidad partidista, en consumo de medios o en rechazo emocional al adversario? Cada medida responde a una pregunta distinta.

La investigación reciente aconseja evitar un diagnóstico único. La polarización es un fenómeno multidimensional y los resultados cambian según los datos, el periodo y la definición utilizada.

Ideología y afecto no son lo mismo

La polarización ideológica describe la distancia entre posiciones políticas. La polarización afectiva mide la diferencia entre la valoración del grupo propio y el rechazo a los partidos, líderes o votantes percibidos como contrarios.

Una persona puede coincidir con otra en políticas concretas y, al mismo tiempo, sentir una fuerte antipatía por su identidad partidista. También puede mantener posiciones alejadas sin tratar al adversario como una amenaza personal. Por eso no se deben intercambiar ambos conceptos.

El CIS cuenta con un estudio específico sobre ideología y polarización. Además, la literatura española utiliza distintas encuestas y escalas, de modo que comparar cifras exige comprobar que se esté midiendo lo mismo.

Qué encuentra la investigación española

Un estudio publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas en 2023 identifica electores afectivamente polarizados y observa que el rechazo aumenta hacia partidos ideológicamente más lejanos, aunque las valoraciones dentro de cada bloque no son homogéneas.

Otro trabajo longitudinal, publicado en 2026 con datos electorales de 1993 a 2023, encuentra que una frecuencia alta de consumo televisivo o una dieta informativa ideológicamente homogénea se asocian con más polarización afectiva en determinados contextos. El matiz importa: no afirma que cualquier consumo de televisión produzca siempre el mismo efecto ni que las redes sociales sean la única causa.

Una revisión de la literatura publicada entre 2020 y 2025 concluye que la investigación española pone el foco en dimensiones afectivas e ideológicas y atribuye un papel relevante a actores políticos, mediáticos y digitales. También señala vacíos de conocimiento. La evidencia no permite reducir un proceso complejo a un solo algoritmo o medio.

Asociación no significa causa

Que las personas más polarizadas consuman determinados medios no demuestra por sí solo que esos medios hayan provocado su polarización. Puede existir selección: cada persona elige fuentes acordes con sus preferencias. También pueden influir campañas electorales, acontecimientos políticos, identidades territoriales, condiciones económicas y estrategias de los partidos.

Para hablar de causalidad hacen falta diseños de investigación capaces de separar esos efectos. Las encuestas descriptivas son valiosas, pero no responden solas a todas las preguntas.

Por qué importa medir bien

Si el problema principal fuera la distancia sobre políticas públicas, una respuesta razonable sería facilitar negociación y acuerdos concretos. Si predominara el rechazo afectivo, cobrarían más peso las normas del debate, los incentivos de partidos y medios y el contacto entre grupos. Si ambas dimensiones se mueven a la vez, haría falta una combinación.

También hay un riesgo democrático en exagerar. Repetir que la convivencia está rota puede reforzar una percepción que los datos no han medido de esa forma. Minimizar el rechazo al adversario sería igualmente irresponsable.

La conclusión prudente no es que España esté unida ni que esté irremediablemente partida. Es que existen formas medibles de polarización, no todas evolucionan igual y cualquier afirmación rotunda necesita indicar qué mide, con qué datos y durante qué periodo.

Fuentes